Erdoğan y el fervor nacionalista / En opinión de Temoris Grecko

Redacción MX Político.- La milenaria ciudad de Estambul, principal centro económico de Turquía, también es el eje del debate sobre la democracia en esta república, que en 2023 cumplirá cien años de su fundación por el prócer Mustafa Kemal “Atatürk”.

El pasado 31 de marzo, el principal partido de oposición, Popular Republicano (CHP por sus siglas en turco), ganó la alcaldía metropolitana (similar a la Jefatura de Gobierno de Ciudad de México, pues la urbe está subdividida en alcaldías menores), lo que fue la primera victoria en Estambul de una organización distinta a la del presidente Recep Tayyip Erdoğan desde 1994. Entre los jóvenes –que no han conocido en su vida gobernantes locales de otro partido y que son los principales impulsores del cambio-- se vivió una ola de entusiasmo.

Sin embargo, el pasado lunes 6 el Alto Buró de Elecciones cedió a las presiones de Erdoğan y declaró que los comicios son inválidos y deben repetirse el próximo 23 de junio. El argumento es que la ley ordena que los funcionarios de casilla sean servidores públicos, y esto no se cumplió.

“Si anulan esa elección, anúlenlas todas”, replican los opositores. Y es que en un mismo sobre los votantes pusieron las boletas para elegir administradores de distrito, consejos municipales y alcaldes (que el partido del presidente ganó en su mayoría), junto a la del alcalde metropolitano, así es que si la última no vale, tampoco deberían valer las otras tres.

Pero, además, el CHP ha solicitado que también se cancele el proceso comicial que le dio la reelección a Erdoğan, el año pasado: el requisito de que los funcionarios trabajen para el gobierno nunca se ha cumplido, y si se aplica la ley pareja, entonces el mandato del presidente es igualmente ilegítimo.

Purga masiva
Estambul fue la plataforma de impulso de Recep Tayyip Erdoğan hacia un poder que cada vez ejerce de manera más absoluta. Antiguo jugador del equipo de futbol estambulita Kasımpaşa, en 1994 ganó la alcaldía como candidato del Partido del Bienestar, de inspiración islamista moderada. Con el pretexto de que había leído un texto musulmán en un mitin, el gobierno lo destituyó y encarceló en 1998, pero salió de prisión para fundar el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) y ganar las elecciones nacionales en 2002. 

Desde entonces, como primer ministro y luego como presidente, ha logrado imponerse a todos los retos que se le han presentado, lo mismo ganando aliados que traicionándolos; impulsando procesos de paz que yendo a la guerra. 

Erdoğan se ha montado en la convergencia de los dos ejes de movilización de su pueblo --la religión y el nacionalismo--, lo que en diversos procesos le ha permitido obtener entre 40 y 50% de la votación. En un principio calculó que podía fortalecerse sobre la base religiosa si desactivaba el factor del nacionalismo, atraía a la oposición kurda (en rebelión desde 1984) a pláticas de paz y la seducía con el argumento del Islam. Sin embargo, siendo musulmanes conservadores, los kurdos demostraron fidelidad al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), a pesar de su ideología marxista, y cuando Erdoğan comprobó que su táctica había fallado, reactivó el fervor nacionalista movilizando al ejército y reanudando la violencia armada. Ahora gobierna en coalición con el ultraderechista Partido del Movimiento Nacionalista.

Por el otro lado, desde que abandonó la cárcel Erdoğan creció gracias al apoyo del clérigo Fetullah Gülen, cuyo movimiento religioso, llamado Cemaat o “comunidad”, logró penetrar las estructuras civiles y militares del Estado, al grado de imponerse sobre los generales que dominaron el país durante el siglo XX e impedir que derribaran a Erdoğan. Pero cuando la amenaza de los laicos desapareció, vino el enfrentamiento entre un Gülen que reclamaba una importante tajada de poder y un Erdoğan que no tenía intención de compartirlo. 

El presidente lanzó una purga de gülenistas, quienes respondieron con un intento fallido de golpe de Estado en julio de 2016, que sólo sirvió para dar al presidente el pretexto para lanzar una cacería de brujas contra los simpatizantes de su exaliado, tanto los reales como --bajo acusaciones falsas-- opositores progresistas y de izquierda. Unas 50 mil personas fueron arrestadas y a 160 mil las despidieron de sus empleos, desde jueces y altos oficiales hasta carteros y empleados de ventanilla. Más de 200 reporteros también terminaron en prisión y 120 medios fueron cerrados, con lo que Turquía fue calificada como la segunda mayor cárcel de periodistas del mundo, después de China.

Tendencias autoritarias
Los jóvenes tienen su propia historia. En mayo de 2013, a raíz del intento de destruir y urbanizar el Parque Gezi, en el centro de Estambul, iniciaron un poderoso movimiento que se hacía eco de las revoluciones de 2011 (aunque los turcos no son árabes y no les gusta ser tomados por tales, en ese momento se sintieron inspirados por la revolución egipcia de la Plaza Tahrir), pero con una represión que duró semanas fue sofocado por la policía antimotines. 

Contra los deseos de los manifestantes, Erdoğan prosiguió con sus maniobras para aumentar su poder, y en 2017 logró que se aprobara en referéndum cambios a la Constitución para fortalecer al presidente, eliminando la figura del primer ministro y subordinando al Poder Judicial.

Sin embargo, después de eso su popularidad empezó a caer por la intervención turca en la guerra en Siria, donde ha ocupado una porción de territorio extranjero, que ha provocado ataques terroristas en ciudades turcas, y sobre todo porque la economía entró en una típica crisis de endeudamiento y devaluación de la moneda en 2018, que no ha sido superada y amenaza con una recaída.

Así llegó a las municipales del 31 de marzo, cuando Erdoğan sufrió la derrota en las alcaldías de la capital del país, Ankara, y de Izmir, que ya parece haber aceptado, así como en Estambul, su base política y origen de importantes flujos de financiamiento para su partido (en 2018 el ayuntamiento donó 137 millones de dólares a fundaciones del AKP, según la oposición), que intentará revertir.

“Es claro que ganamos”, insistió Ekrem İmamoğlu, el opositor que había sido declarado ganador de la alcaldía metropolitana. Dos antiguos aliados de alta importancia de Erdoğan, su exprimer ministro Ahmet Davotoğlu y el expresidente Abdullah Gül, tampoco estuvieron de acuerdo: “La mayor pérdida para los movimientos políticos no es la pérdida de elecciones, sino la pérdida de la superioridad moral y de la conciencia social”, posteó el primero en Twitter. El segundo escribió: “lo que sentí en 2007 (cuando el tribunal supremo trató de impedirle acceder a la presidencia) fue lo que sentí ayer cuando otra alta corte tomó esa decisión”.

“Si están revocando el mandato de Ekrem Imamoğlu”, dijo a la prensa el vicepresidente del CHP, Muharrem Erkek, “entonces también deben anular el mandato del presidente Erdoğan porque las mismas leyes, las mismas regulaciones, las mismas casillas de votación y las mismas condiciones aplicaron en ambas elecciones”.

Ege Seckin, un analista de la agencia HIS Country Risk, dijo a la cadena Al Jazeera: “Esto es algo que no había visto en Turquía hasta ahora. La decisión genera dudas sobre la integridad de las urnas en el país, que solían estar relativamente a salvo de las tendencias autoritarias del gobierno. Potencialmente, pone en peligro la integridad de futuras elecciones”. 

Erdoğan, a quien sus seguidores llaman con orgullo “El Sultán”, ni los ve ni los oye. Esta resolución “es el mejor paso para fortalecer nuestra voluntad de resolver los problemas en el marco de la democracia y de la ley”, declaró el martes 7.

Ahora tiene mes y medio para movilizar a sus seguidores e invertir la decisión original del electorado.

Temoris Grecko
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